lunes, 16 de enero de 2017

Viaje al Roraima maravilloso diciembre 2016-enero 2017. Por: Yvelize Tozzi. Fotografía grupal: Verónica Badell.


Viaje al Roraima maravilloso diciembre 2016-enero 2017 Cada viaje es diferente. Aunque se vaya a un sitio al cual se ha añorado regresar, realmente se llega a otro. Están las mismas piedras, pero nosotros no somos los mismos... Esta vez no iría con mis compañeras de aventuras de siempre y quienes aparecen ahora en la planilla de "en caso de emergencia llame a” son también otros... La vida... El plan original: irme sola, entre desconocidos. Por eso, contraté a Akanan, agencia VIP que me llevaría segura de Puerto Ordaz a San Francisco de Yuruaní para iniciar la excursión. Naturalmente, fue más que eso lo que recibí de ellos.
Días previos: contra todo pronóstico, mi hermano vendría conmigo, es decir, emociones distintas, preparativos distintos. Una corredera, pues, como para calentar motores... Ya descansaremos (...¿cuándo?...).
Días 0: La aventura comienza en el aeropuerto de Maiquetía. El vuelo tendría 3 horas de retraso. ¿Datos interesantes? La gente con la que nos vamos se ve chévere. Hay una cosa que se llama crash bag y usan los escaladores para que cuando se espatillen contra el piso no sea tan duro, es una colchoneta inmensa y pesada. Una loca que viene con nosotros trae uno, al Roraima. Se lo va a cargar un pemón. También su batería de 8kgs para la cámara, ya que quiere una foto escalando y otras en las que la cámara pasa horas prendida y consume mucha batería. Seguro el crash bag y la batería pesan juntos más que ella, así que podría contratar otro pemón que la llevara cargada, pero mejor no le damos la idea... Hay cada loco en esta Tierra.... Finalmente, llegamos a Puerto Ordaz. Dormimos en excelente posada y en la mañana recogimos al resto del grupo (todos son super chéveres) para arrancar en una mega van de lujo a San Francisco de Yuruaní, que es algo así como el límite de la Tierra con el Cielo. Allí llegamos a tiempo para dormir en la última cama que veríamos en varios días (aparte del crash bag...).
Día 1: De Paraitepui a Campamento Tek. Primer día de Gabriel con morral, pero claro, ya él no es aquel desentrenado que me acompañó con el CEC a La Laguna de Santo Cristo. Ahora pretende correr (literalmente), porque en su plan de entrenamiento para Maraton hoy le tocarían 16k y a él le parece que caminar 6 horas con morral de 10 kgs entre subidas y bajadas "chinchorros" no es “tanto” esfuerzo. Caminamos bajo un cielo azul y un solazo que me hace pensar en el tratamiento para las manchas de la cara. No me quito el sombrero más que para las fotos. De aquí saldré sin manchas. Y sin neuronas, porque se me deben haber achicharrado todas... En fin, aunque la montaña nos hace más inteligentes, con el cerebro frito como lo tengo bajo el sombrero creo que la cabeza me irá quedando sólo para llevar el pelo. Y, claro, el sombrero... Acampamos junto a Río Tek, después de un fantástico baño en sus aguas congelantes con vista grandiosa al Roraima y Kukenan (¡esta vez se ve!... lo que es el clima), y de nuestro primer encuentro con las criaturas más torturantes de la Tierra: los puripuri... Datos técnicos (aunque el Polar estuvo en blanco a ratos... solidario con mi cerebro): 3 horas y media de caminatas, más paradas. 121 pulsaciones promedio (pp), 1100 calorías.
Día 2: Río Tek a Campamento Base. Amaneció nublado, a pesar de lo cual a ratos se ven Roraima y Kukenan. La fotógrafa escaladora no logró tomar las super fotos del amanecer debido al clima. Ya con esto comienza a parecer injustificada la batería de 8kgs, pero bueno, cada cabeza es un mundo. Caminamos en subida hasta Campamento Base, parando para almorzar (los mortales que vinimos, los dos costarricenses imparables siguieron de largo…). Seguimos subiendo a Campamento Base, nos llueve al llegar, enfrentamos el barro imposible en el piso, un gentío (tipo semana santa en playa el agua), la lluvia que te hace sentir "pobre de mí, aún no armaron las carpas” y en eso, se despeja, se asienta la niebla y aparece un arcoiris impactante justo delante de la Pared (aunque sólo se ve parcialmente) del Roraima. Está bien: así llueva, así te piquen puripuris, así te congeles con el aguahielo en el que uno se baña después de haberse pasado el día con el cerebro achicharrado, así salgas de ese baño-penitencia para volver a meter los pies en barro y luego en carpas armadas en un huequito imposible porque ya no hay más espacio, aún así, no hay lugar más acogedor que la cercanía al Roraima... Datos técnicos: 4 horas de caminatas. 126pp, 1410 calorías. Día 3: campamento base a cima del Roraima: ¿hay mejor manera de terminar un año que subir el Roraima?... Es 31 de diciembre... Amaneció lloviendo, pero ¡pa’ arriba! Enfrentamos la subida, arrancando por partes de arcilla resbalosilla y retadora. Este morral pesa. Gabriel no se ha quejado, ni del peso ni de no haber entrenado. O entró en razón o ya piensa que esto es suficiente ejercicio... Subimos, él con cara de maravilla, al estar en selva por primera vez en la vida. Qué lugar. En cualquier momento nos saldrá un duende... Nos paramos a respirar un momento y me doy cuenta que lo que tenemos al lado es !la Pared del Roraima!... Qué emoción... La primera vez que estuve iba con pemón... Esta vez soy la encargada de decirle a Gabriel el significado de ese lugar, la reverencia que merece, la necesidad de pedir permiso para entrar a esa montaña sagrada, obra indubitable de Dios, la posibilidad de pedir deseos (¿acaso no merecemos el cielo por pegarnos esas subidas con morrales?. Querido Santa: este año como que me he portado mejor que nunca. Bueno, al menos hoy…). Y llegamos al mirador en medio de lluvias intermitentes y selva. Ya vemos la parte más difícil, llegamos al Paso de las Lágrimas. Esta vez mi prueba espiritual es hacer el paso bajo lluvia, con morral pesado, sin pemón al lado que me guíe y con las piedrecitas estas desprendiéndose. Pero yo puedo, yo puedo, yo puedo, Padenuestro que estás en los Cielos, yo puedo. Y pasé... ¡listo! ¡Pude!. Prueba superada... ¿La recompensa? llegar a la cima del Roraima es salir de la Tierra sin cohete. Es como si toda la ruta es un túnel para llegar a la superficie lunar... Este es el lugar más hermoso que mis ojos han visto. La sensación de ser parte de todo, de todo esto que es tan bello, nos arropa en agradecimiento... Arropada que no está de más porque el frío pega durísimo cuando uno viene mojado por la lluvia bautismal y allá te recibe una temperatura lunar... Nos tomamos todas las fotos posibles con unas sonrisas que no nos caben en los cuerpos... Un ratico después vemos una de las muchachas pemonas, la de la sonrisa más pura del planeta, y la seguimos hasta el lugar de acampada. Nos toca recorrer unos pozos respetables y para no mojar más los zapatos, nos los quitamos. Primera caminata descalza en el Roraima. Siempre me toca. Llegamos al campamento, me baño en un chorro de aguahielo que baja por las lajas (solo yo, la más valiente entre los valientes, los demás se conformaron con toallitas húmedas), me congelo el cerebro (¿qué será de la vida de mis neuronas? ¿Habrán muerto por achicharramiento o congelación?...ya ni he pensado más en ellas. Bueno, ahora que me doy cuenta: ya ni he pensado más...¡ups!)... Es 31 de diciembre, la gente normal está en la peluquería. Yo estoy como un pollito mojado dentro de la carpa a las 6 de la tarde, y las uñas, así las remoje hasta que los dedos se pongan azules de frío, siguen con barro... Como el frío no nos deja salir y parece que Gabriel y yo somos los más divertidos del campamento, la celebración de año nuevo termina siendo dentro de nuestra carpa. El mundo afuera desaparece, dormido. Acá, en cambio estamos 5 personas en una carpa de 2: música, luces estroboscópicas de un Ipod, tipo discoteca de New York (al fin se justificó la batería de 8 kgs que trae la mujer más paciente de la Tierra sobre su espalda), 2 botellas de champaña, 1 de vino, 2 chocolates que alguien se comió y los demás no vimos, y unos deseos medio inconfesables pronunciados a las 12 de la noche mientras, a falta de uvas, nos comimos 12 pasitas escarbadas de la granola de cada uno. Todo eso junto a los abrazos quíntuples de las 12 hora Caracas y las 12 hora San José de Costa Rica... La vida es tan inesperada... Jamás imaginé que así iba a ser el fin del 2016... ¿Para qué sirven los planes y las expectativas?... ¡Feliz 2017! Datos técnicos: 4 horas de caminatas más paradas. 130 pp, 1430 calorías. 3 botellas de alcohol, 1 carpa, 5 locos, 1 iPhone con música y otro con luces estroboscópicas y 1 super batería de 8kgs en la cumbre del Roraima.
Día 4: Primero de enero en la Cima del Roraima. ¡Pide un deseo! Concedido: empezarás el año así: viva, pero en el Cielo. Aquí estamos. La Ventana, el Abismo, el crash bag injustificado porque la foto realmente fue con ayuda de un alma compasiva que ayudó a cierta loca a tomarse su foto imposible, Maverick en crocs llenas de barro (¿ya dije que soy la más valiente entre los valientes? Es el punto más alto del Roraima. Daba miedo. Tenía pinta de lluvia y estaba por oscurecer. Yo en Crocs. Pero me dejé convencer). Camino por estos lares. ¿Qué importan los nombres? Es el Cielo, en resumen. Datos técnicos: 2 horas, 226 calorías y luego hora y media 360 calorías.
Día 5. Bajada desde Roraima hasta Campamento Tek: prueba suprema de resistencia y valentía. 7 horas y media bajando con morral de 10 kgs por el encantador Paso de las Lágrimas (ahora sin lluvia, aunque aún mojado) y las encantadoras patinatas de arcilla previas a Campamento Base. Nos despedimos de la Pared del Roraima. Bueno, yo. Gabriel no quiso ir tan lentamente como una tortuguita coja, así que seguí a ese, mi ritmo de bajada, como si hiciera Tai Chi a los 95 años. Terminé bajando con Luis, un chamo increíble que aprende a una velocidad pasmosa. Íbamos diciendo "somos unos duros". Y fuimos duros. Almorzamos con jamón serrano en Campamento Base. Desde allí seguimos juntos Gabriel, la loca del crash bag, y yo, caminando y tomando fotos. Llegamos a los puripuri. Cruzamos (esta vez a pie, la primera fue en canoa) el Kukenan. Yo agarrapatada con los pemones, para no caer al agua con el morral, mientras Gabriel se burlaba y se colocaba un repelente que le dieron las chicas de Estonia y que seguramente debe dar una enfermedad mortal, pero aleja a los puripuri. Finalmente, un ratico después llegamos a Campamento Tek. Allí dormimos en lo más cómodo del viaje. Datos técnicos: 7 horas y media más descansos, 121pp, 2018 calorías.
Día 5: Campamento Tek-Paraitepui. A Dios gracias no llegamos ver a los velocirraptor de los que Luis me hablaba. Con él y con Armando sintiéndose mal, Gabriel y yo nos gozamos las últimas vistas del Roraima y Kukenan, bajo un sol inclemente (ya no queda cerebro que se me pueda derretir...) llegamos a Paraitepui. Nos despedimos del Roraima. Hay quien llora sin saber porqué. Vamos a San Francisco de Yuruaní a dormir en cama y bañarnos en ducha (...fría, no todo puede ser tan fácil...). Datos técnicos: 3 horas y 20 de caminatas más descansos, 127pp, 1180 calorías. Día de regreso: en camioneta Van VIP rodamos a Puerto Ordaz, la sorpresa mayúscula es que el vuelo a Caracas salió a tiempo. En este, el país del Roraima, a veces ocurren milagros. Datos técnicos: hoy es mi día 1 de 7 de reposo deportivo voluntario de cada año. El crash bag de Verónica llegó a Caracas sano, salvo y sin haberse usado. Todo es fácil.
En resumen, un viaje inolvidable. “Maravilloso” es lo que me describe el paisaje que el Roraima me imprimió en el alma en este segundo viaje. No estoy segura de lo que pase con mi cerebro, por si acaso, escribí todo esto. Al menos los sombreros no me quedan tan mal, así que quizá para usarlos sea para lo que termine sirviendo esta cabeza...


lunes, 9 de enero de 2017

El Camino de Carrizal parte 2: De Quitasoles al Carrizal. Por: Arquimedes Machado.

Amanece en el páramo y poco a poco todo empieza a despertar, incluso nosotros. A pesar que el sol ya había salido, las montañas evitan que sus rayos calienten la zona y sigue haciendo frío. Me salgo de la carpa y empiezo a recoger, pues durante la noche, entre cuento y cuento nos dijeron que este segundo día de caminata sería bastante largo.

Me acerco a la fogata y Alí ya tenía rato montando desayuno, así que me voy al río, me cepillo, y como un clavel vuelvo para mi primer café mañanero. Ya sólo faltaba desayunar y ponerme los zapatos empapados para caminar, a lo que le estaba dando largas. Poco después del desayuno y definidas las expectativas del día, arrancamos nuestra caminata a eso de las 9.30 de la mañana, en mi opinión un poco tarde pero no era mal de morirse, al menos no al principio de la caminata.

El inicio del camino se parecía muchísimo a lo que habíamos visto el día anterior, solo que esta vez con un sol espléndido que permitía disfrutar más de los paisajes, pues su luz y calidez llenaban el lugar de vida. Seguíamos en el páramo pero poco a poco íbamos sintiendo como nuestro recorrido iba vertiginosamente en bajada.



De la misma forma en que cambiábamos de altura, también nuestro alrededor cambiaba de manera importante, ya los frailejones quedaban atrás, los árboles altos empiezan a tapar las montañas y los amplios espacios para caminar se han convertido en sinuosos y estrechos senderos copados de verde por todos lados. Lejos quedaba el páramo, pues nos íbamos adentrando más y más en el clima de un bosque nublado que nos daba la bienvenida por sus caminos complicados. El eterno acompañante, el río, que en la medida en que avanza toma fuerzas y cambia de nombre.


Ya varios puentes hemos pasado pero este es el primero que nos sorprende de manera significativa pues era el primer puente colgante que la ruta nos regalaba. Justo después de atravesarlo, hicimos parada para almorzar, y el clima volvía a prepararnos su sorpresa, empezando a mostrar las primeras gotas de lo que sería otra tarde lluviosa (aunque menos recia que la anterior). Seguimos adelante después de la reconfortante parada que no sólo sirvió para alimentarnos sino para descansar, pero noté algo extraño al levantarme, y es que mis rodillas estaban "entumecidas". No le presté mucha atención en ese momento pues suponía que me había “enfriado” mientras comía y que en la medida en que retomara el paso, el extraño “dolorcito” desaparecería. 


Entrar en calor fue muy fácil porque lo que había sido un camino de constante bajada, cambió de pronto por una subida importante que nos llevó tiempo conquistar. Algo así como una hora después llegamos a la zona llamada el Castillo, en donde la subida terminaba, para seguir de nuevo, en constante bajada.

Así continuó el camino, pasando de una a otra curva, con muchas piedras sueltas, a veces muy estrecho, a veces sólo un poco menos, en algunas partes seco y en otras inundado de agua,  a veces evadiendo el río, otras veces cayendo justo en el medio de él, a veces haciendo equilibrio en una roca para atravesar otra quebrada, a veces evitando las piedras debido a lo resbalosas que estaban. El camino seguía poniendo trabas y nosotros seguíamos adelante, hacia abajo, con más calor que antes, y con más cansancio que el día anterior y justo cuando estaba quedándome sin aliento y me disponía a hacer otra parada de descanso, el camino se llenó de hormigas, y no de una especie cualquiera, era una de esas colonias que para hacer la cosa más interesante, si te pican te asegura un buen dolor y una gran hinchazón! Así que no había manera de parar sino todo lo contrario, había que empezar a correr para evitar este nuevo escollo del camino. La corrida duró como 15 minutos y arrebató con la poca energía que quedaba. 

A pesar que el sol no se había ocultado, debido a lo alto de las montañas y lo tupido del bosque, la luz que penetraba era baja y eso jugaba en contra del ánimo y la energía, pero seguimos adelante, ahora con mucho más barro en el camino y con una velocidad de avanzada mucho menor, producto del esfuerzo ya realizado durante el día, lo pesado de los zapatos llenos de barro y aquél entumecimiento de rodillas que ya a esta hora no era sino un dolor constante.


En aquél sector del camino, me sentía como Atreyu en el pantano de la tristeza (la Historia Interminable), sentía que si paraba no caminaría más y si seguía, en algún momento las piernas me fallarían y caería, pero entre lo uno y lo otro, seguir era la elección. El juego mental empezó de manera seria y ya sabía que, aunque físicamente estaba agotado, era mi mente la que terminaría la ruta, así que seguí. Callé la duda, callé el cansancio (o la parte de la mente que quería descansar) y seguí paso a paso hacia adelante… y justo en frente ocurrieron dos cosas:
La primera: Una quebrada de buena profundidad que decidí no evadir y que atravesé de frente, hundiéndome hasta las rodillas. El frío de las aguas ayudaron a reducir el dolor y a limpiar el barro del calzado, permitiendo salir con sólo un poco más de energía.
La segunda: Uno de los arrieros retornaba por el camino en su mula, ofreciendo “la cola” en aquél hermoso animal. La oferta era tentadora pero yo quería llegar a pie, así que le dije que siguiera por la senda, pues otros venían detrás de mí y tal vez alguno necesitase la ayuda más que yo.

Sabía que si el arriero venía de regreso era porque el punto de llegada estaba cerca y eso le dio a mi mente y a mi cuerpo un dopaje de ánimo que me permitiría seguir adelante. Unos treinta minutos después llegamos a la capilla del pueblo de Carrizal y luego de otros diez, estaba yo entrando a la mucuposada de Alí, cuya familia nos recibía con un mágico té de hierbas para relajar el cuerpo.


La ruta del segundo día había terminado, y pasó lo que suponía, al sentarme no me pude parar en un buen rato, las rodillas habían sufrido de esa constante bajada que no notabas mientras la caminabas pero que luego de un simple resumen del recorrido podías darte cuenta de lo duro que fue el peralte. Ese día habíamos bajado desde Quita soles (a unos 3400 msnm) hasta El  Carrizal (a unos 1.500 msnm) en lo que fue un recorrido de unos 13 kilómetros y una bajada de unos 2.000 metros, equivalente a los que sería bajar dos veces nuestro Salto Angel. Era claro que las rodillas no estaban entumecidas, estaban notoriamente afectadas por el trayecto. A pesar del dolor, pudimos compartir una tremenda cena hecha por la esposa de Alí y unos muy buenos cuentos que cerraron con broche de oro la noche. Nos reímos de cada historia ocurrente, tomamos algunas fotos nocturnas y aprovechamos contemplar la tranquilidad del Carrizal.

En medio de la noche, mi mente se fue de nuevo al futuro de nuevo y se preguntaba como haría para caminar los restantes 30 kilómetros que faltaban, pero esta vez yo estaba mejor preparado para mi conversación privada. Luego de aquella primera preocupación durante la noche en el páramo y después de la batalla importante que tuve casi al final del camino hacia Carrizal, sabía que esto era sólo otra jugarreta más de mi mente y que mañana de seguro saldría airoso si lograba aquietar las preocupaciones y enfocarme en seguir adelante.



El camino de Carrizal parte 1: Desde Micarache hasta Quita Soles. Por: Arquimedes Machado.

Se dice que nuestros indígenas de los andes (mucuchíes, timoto-cuicas), usaban una ruta particular para hacer comercio con la región de los altos llanos de Barinas. Esta ruta milenaria, ahora es conocida como el Camino real de Carrizal y se me ocurrió la “brillante idea” de ir una vez más hacia lo desconocido y hacer este recorrido.

Desde que conocí que la ruta existía quise hacerla, y aunque invité a muchos de mis amigos y conocidos que asumía que les interesaba este tipo de actividad, no logré dar con ninguno, así que estaba a la deriva, a la espera que la gente de Akanan, consiguiera el quorum necesario. Tanto ellos como yo, tuvimos que cambiar la fecha unas 3 veces antes de lograr juntar a los caminantes. Fue así como finalmente, un grupo se conformó: Elena, Jesús, Leandro y mi persona, resultamos ser el grupo de desconocidos que recorrerían juntos el camino.



Para empezar la caminata primero debíamos llegar al punto de partida, lo que significó: conseguirnos en el aeropuerto de Maiquetía con nuestro Guía, volar desde acá hasta El vigía, hacer una parada logística en la ciudad de Mérida para recoger algunos de los equipos necesarios y finalmente llegar al poblado de Micarache. Aprovechamos este espacio de tiempo y recorrido para ir rompiendo el hielo entre los desconocidos y empezar a hacer grupo. Fue una muy buena idea ya que el recorrido ameritaba unos buenos cuentos.

A eso de medio día llegamos a Micarche, un pequeño caserío ubicado a unos 7 kilómetros del pueblito de Mucuchies, el lugar de donde partiría nuestra aventura. Al llegar allí, conocimos a quien sería nuestro baquiano, Alí, quien además de ser un súper conocedor de la zona y del camino, es un posadero, padre de familia, apicultor, agricultor y como diría nuestro guía, alcalde del pueblo y novio de la madrina. Almorzados y preparados los morrales, empezamos nuestra caminata por el páramo andino.


La ruta parecía bastante sencilla en principio, hermosa de vista, pues todo el páramo nos regalaba sus bellezas, además que en líneas generales, estábamos bajando (de 3650 a 3400 msnm) y no había grandes declives. Lo que más afectaba en este tramo era el frío y el tener que pasar los ríos en los que usualmente terminabas con una pierna u otra (o ambas) empapadas. Pese a ello, al empezar a caminar, la sensación térmica mejoraba pues el cuerpo entraba en calor y esto hacía más agradable el camino.

Dado que el grupo era algo heterogéneo en el ritmo de caminata, en esta primera parte del camino manejamos velocidades distintas, haciendo que en grandes espacios del camino tuviese la oportunidad de caminar a solas, permitiéndome no sólo espacios de contemplación plena de la belleza natural que tenía frente a mis ojos sino de contemplación interna, permitiendo hurgar en mis pensamientos y emociones… allí, en alguna parte existía la preocupación por el futuro, la única parte del camino que me generaba cierta preocupación, la caminata del último día, que desde que revisé el itinerario me parecía eterna, aún sin haberla recorrido.


La ruta cambió de repente, y no por las características de la misma, sino por el clima, súbitamente, una neblina que luego se hizo lluvia, nos tapó y empezó, ahora sí, el frío parejo! Al empezar la lluvia, la sensación térmica empezó a disminuir, lo que empezó a hacer mella en el grupo. Los que iban más adelante apresuraron su paso para intentar llegar al refugio lo más rápido posible y así protegerse del clima, el resto hacía lo mismo, pero debido a la diferencia de velocidades, parecía que la distancia entre cada uno de nosotros era cada vez mayor. Yo me encontraba en el medio, a lo lejos, adelante, podía ver a Jesús y a Leandro cuando las montañas y la neblina lo permitían, y detrás, podía ver a Elena y a Félix (nuestro guía), a quienes iba esperando de vez en cuando para no dejarlos tan atrás. En el medio de vez en cuando me conseguía con Alí quien con una sonrisa siempre te decía, vamos a buen ritmo, no nos falta mucho. Esas palabras de aliento son medio peligrosas cuando vienen de un baquiano y no estás en las mejores condiciones físicas, pues eso de que falta menos, no significa que estás cerca y cuando el cuerpo está frío y algo cansado en la mitad de la montaña, la tendencia es a oír lo que quieres oír y no a escuchar lo que en realidad te han informado.

Seguimos adelante y en algún momento la pendiente cambió significativamente y se hizo más inclinado, la bajada se hacía un poco más agresiva y el paisaje mucho más amplio. A lo lejos un par de ranchos llenaban de alegría la vista, eran los refugios andinos que invitaban a acelerar el paso para llegar a calentarnos y pasar la noche. Después de tres horas y media de recorrido por el páramo (unos 14 kms), los caminantes llegamos a nuestra primera parada, el lugar donde nos refugiaríamos. Una vez que nos quitamos los morrales, grabamos algunas palabras justo cuando recién llegábamos y otro al caer la noche en donde, cada uno intentó describir desde su propia experiencia, lo que había sido esta primera etapa de nuestra aventura.

Después de cenar y frente al fuego, mi mente seguía pensando en el resto del camino, como siempre, preocupada por el futuro. Consciente de eso, me quedé en el momento, en ese justo instante frente al fuego oyendo el resto de historias que Felix y Alí nos contaban, oliendo el humo de la fogata y saboreando lo que me quedaba de chocolate caliente, y poco a poco la preocupación fue desapareciendo de la misma manera que el páramo se ocultaba en la noche... Así terminó el primer día, aunque no la aventura.





jueves, 15 de diciembre de 2016

Sonrisas que no cesan, entre páramos y llanos…


Cuando aterrizas en el aeropuerto del Vigía para iniciar la travesía, comienzas a percibir una cordialidad opuesta a la citadina, Los Andes es famoso por sus páramos, sus paisajes pero principalmente por el calor humano de su gente. En el recorrido… en cada parada para descansar… las sonrisas de los Merideños se hace notar. Nos aventuramos a Mérida para dar inicio a una travesía de 61 Km. Recorrido que pone a prueba tu resistencia física, espiritual y tu capacidad de ser feliz y disfrutar de tan hermosos lugares a pesar del cansancio. La ruta inició en el páramo de Gavidia, un lugar de contrastes de colores, casitas de techos rojos y un clima que provoca acurrucarse en la cama con una buena taza de chocolate caliente, frente a un ventanal y disfrutar del silencio del lugar.
Continuamos el recorrido hasta Micarache, el punto de  partida de la caminata. Allí nos esperaba Ali Guerrero con sus mulas, sus fieles ayudantes durante todo el camino. Ali un baquiano, que lleva su tierra en las venas. Un hombre reservado, de poco conversar pero con una sonrisa que te inspiraba a seguir a su lado mientras echaba esos cuentos de camino.
El segundo día de la travesía es uno de los días más duros!, pues la ruta dura 7 horas de caminata entre ascensos y descensos pronunciados, al final del día el agotamiento se acentuaba y allí estaba Ali con su sonrisa característica diciendo vamos! vamos! Que ya vamos a llegar… después de mucho caminar llegamos a la mucuposada en Carrizal, un pueblito en medio de la nada, en éste lugar Ali decidió habilitar su casita para recibir a caminantes que se animarán a transitar por estos remotos caminos. Allí nos recibieron con un Papelón con limón bien friito y después nos consintieron con un cafecito, un buen guayoyo!
Seguimos la trayectoria acompañados de Ali y sus mulas. 4 días maravillosos, llenos de naturaleza, sentires, sabores y olores… experiencias que enriquecieron el espíritu de cada uno de los participantes finalizando en Santa Maria de Canaguá, en los llanos de Barinas.

Durante esos 4 días de trekking Ali jamás dejo de sonreír… Su sonrisa nos dejó un aprendizaje y nos recordó que la “cordialidad” alivia el cansancio mas extremo, es contagiosa y hace que te enamores aún más de este país y nuestra gente.

Daniela Echenique - Gerente de Akanan Travel